29/04/2025
Siempre voy a sostener que los extremos son peligrosos y violentos.
Tanto la izquierda, tirando cada vez más hacia la izquierda, como la derecha, empujando sin límites hacia la derecha, terminan encontrándose en el mismo punto: el del abuso, la injusticia y el desprecio por la clase media y los trabajadores.
Ambos extremos terminan cometiendo el mismo error:
Gobiernan para unos pocos y perjudican a los que se levantan todos los días a trabajar, dejando a miles de argentinos sumidos en la pobreza. Por eso, jamás voy a defender —y mucho menos justificar— a políticos de corte extremista. Todos llegan al poder con lo justo y se van millonarios, mientras el pueblo trabajador queda con las manos vacías.
Por eso elijo y siempre voy a elegir a los gobiernos socialdemócratas y reformistas.
Porque son los únicos que entienden que se debe gobernar para todos, sin exclusiones ni privilegios. Porque cuando un presidente verdaderamente socialdemócrata termina su mandato, no sale rico: sale más pobre que cuando asumió, porque puso el cuerpo, el alma y el corazón por su país.
Los verdaderos radicales tenemos una responsabilidad histórica y moral:
Reproducir y defender estas ideas, mentalizar a los argentinos, abrirles los ojos.
Porque si algo nos enseñaron los grandes de nuestra historia es que “que se rompa, pero que no se doble”.
No nos hagamos llamar radicales si vamos a apoyar al peronismo de derecha disfrazado de libertario, o al peronismo de izquierda disfrazado de kirchnerismo.
Ser radical es luchar por la justicia social, por la república y por la honestidad.
Y eso no se negocia. Nunca.